Te odio pero bésame · Ebook / Papel

Empezar de nuevo · Ebook / Papel

El protector · Ebook / Papel

Algo más que vecinos · Ebook / Papel

Un bonsái en la Toscana · Ebook / Papel

Nada más verte · Ebook / Papel

Abraza mi oscuridad · Ebook / Papel

Cuéntaselo a otra · Ebook / Papel

Patas de alambre · Ebook / Papel

Nunca es tarde · Ebook / Papel

Suscríbete a la newsletter para recibir información sobre próximos lanzamientos.

miércoles, 5 de octubre de 2016



A menudo he leído opiniones de lectoras que se quejaban de que en la novela romántica los personajes eran siempre perfectos (guapos, buen tipo...) y que, salvo un poco de conflicto en la trama, el resto de la historia resultaba también perfecto.
Imagino que no son lectoras habituales de novela romántica —y recalco lo de novela romántica— porque, si no, sabrían que así es como debe ser. Es obvio que la perfección no existe, pero ¿os imagináis una novela con este tipo de escenas?

Escena 1: Los protas se conocen, charlan, se gustan, se pelean... En resumen, que estamos ante la primera escena tórrida de la novela.

Agapito (ojo a los nombres, también son importantes) la llevó hasta la cama y la besó con pasión. Sus brazos la estrecharon con fuerza, y Bernarda se dejó arrastrar por las ráfagas de placer que los labios masculinos disparaban a lo largo de su cuello.
—¡Ah!
—¿Agapito? ¿Qué ocurre, mi amor?
—Creo que el gato se ha colado debajo de las sábanas, he sentido un doloroso arañazo.
—No, no es el gato. —Bernarda se sintió enrojecer y se mordió el labio inferior algo turbada—. Es que yo, cuando llega el invierno, ya no me paso la cuchilla.

Escena 1, pero al contrario:

Agapito la llevó hasta la cama y la besó con pasión. Sus brazos la estrecharon con fuerza, y Bernarda se dejó arrastrar por las ráfagas de placer que los labios masculinos disparaban a lo largo de su cuello.
—¡Ah!
—¿Bernarda? ¿Qué ocurre, mi amor?
—Creo que el gato se ha colado debajo de las sábanas, he sentido un doloroso arañazo.
Agapito lanzó una carcajada y se rascó el vello negro que le cubría el pecho y los hombros.
—No, no es el gato, mi amor. Es que hace meses que no me corto las uñas de los pies.

También podrían darse un par de escenas de este tipo:

Escena 2/1

Era la primera vez que la invitaba a cenar. Carla se llevó el último tenedor a la boca y se dijo que había disfrutado como nunca.
—¿Te ha gustado? —Carlos (Carlos, Carla, un poco redundante ¿no?) sonrió con esa sonrisa de anuncio que le erizaba la piel.
—Muchísimo.
Carla le devolvió la sonrisa (la suya también era de anuncio) y, entonces, la de Carlos se congeló.
—¿Ocurre algo?
—No. —Él se apresuró a negar con la cabeza—. Es solo que se te había quedado la tinta de los chipirones entre los dientes y parecías el cuñaooo ese.

Escena 2/2

Amancio empezó a quitarse la camiseta muy despacio. Petra sintió que se le hacía la boca agua; la mezcla de barriguita cervecera y el moreno obrero, con la marca de la camiseta en brazos y cuello, la volvía loca...


¿Quién no ha vivido alguna situación similar en este mundo imperfecto en el que vivimos? Pero ¿de verdad os gustaría encontraros algo parecido en una novela romántica? A mí, desde luego, no. Por eso brindo por el universo perfecto de las novelas románticas y ruego porque siga siendo así por los siglos de los siglos. Porque, para mí, el primer deber de una novela romántica ha de ser hacernos soñar. Siempre.

jueves, 23 de junio de 2016


El tiempo pasa volando y mi nueva novela está a la vuelta de la esquina. Tanta frase hecha para anunciaros que el 8 de septiembre saldrá a la venta "Mi tramposa favorita" una comedia romántica publicada bajo el sello Esencia de la Editorial Planeta. Si hay algún/a impaciente en la sala, que sepa que ya está disponible en preventa en papel aquí. Os dejo la portada y la sinopsis, y ya me diréis qué os parece.

Sinopsis:
Daniela Caballero y su hermano Luis viven al día, trampeando como pueden. Su timo favorito es sencillo: él se encarga de buscarle algún incauto con más dinero que cerebro, y ella lo atonta con su belleza antes de pegarle un buen sablazo. Hasta ahora no les ha ido del todo mal, pero su suerte está a punto de cambiar. Bruno del Valle, el padrino de su última víctima, es un psiquiatra de reconocido prestigio que enseguida descubre el juego que Daniela se trae entre manos. Ante la amenaza de desenmascararla, a ella no le queda más remedio que renunciar a sus planes y desaparecer, pero él no parará hasta encontrarla y hacerle una sorprendente proposición.
 ¿Puede una estafadora de tres al cuarto enamorarse de un famoso psiquiatra? ¿Y al revés? Sumérgete en un romántico cuento de Navidad que cambiará dos vidas para siempre.

miércoles, 1 de junio de 2016



Navegando por la Red, me he encontrado esta imagen "simpsoniana" y, claro, me he preguntado: ¿irá por mí? ¿Soy una abuelilla digital, con menos arrugas eso sí?
De vez en cuando veo posts en Facebook y similares de autores/as que se manifiestan con total sinceridad sobre temas en los que, desde que me dio por escribir, jamás me he pronunciado públicamente. Entre otros los que se mencionan arriba: política, religión y fútbol.
Siempre he pensado que las opiniones de un personaje más o menos público, más o menos famoso (sea escritor, futbolista, cantante, actor...) no tienen por qué ser más relevantes que las de alguien de la calle, por lo que deberían limitarse a sus círculos más cercanos. Sin embargo, hay muchos que lo ven casi como un deber de orden moral, es decir: que, precisamente por esa notoriedad, sea mucha o poca, se sienten obligados a tratar de cambiar las cosas que van mal, aunque esto sea también una opinión subjetiva.
Yo, personalmente, cuando alguien a quien admiro se descuelga con ciertos pareceres con los que estoy poco o nada de acuerdo, de alguna manera me siento decepcionada. Además, no me gusta nada encontrarme con cualquier tipo de moralina cuando leo un libro; que te hagan pensar, muy bien, que el autor, de repente, te suelte la charla por boca de su personaje ¡puaj y mil veces puaj! En general, no me gusta mezclar mi idea de la persona/escritor, por poner un ejemplo, con otros ámbitos de la vida de esta misma persona.

 Por eso me gustaría saber qué opináis, ¿os gusta saberlo todo de la gente a la que seguís o preferís que ciertas parcelas queden relegadas a la intimidad de cada cual?  

miércoles, 30 de marzo de 2016

1- Transcurre sobre todo en Kamchatka, una península volcánica situada en Siberia, Rusia.
2- Los osos, esos inmensos que vemos en los documentales, tienen un papel importante.
3- Candela sigue odiando a Lucas y ahora entenderéis por qué.
4- Hay mucha nieve y hace un frío pelón.
5- Lucas es tan borde con Candela como siempre.
6- Aprenderéis alguna cosilla sobre los koryaks, una minoría étnica del norte.
7- Candela odia a Lucas (no sé si me estoy repitiendo un poco).
8- También está el momentazo «aguas termales». Ahí lo dejo...
9- En cambio, lo que siente Lucas por la pelirroja no es odio, precisamente.
10- India y Raff, los protagonistas de "Te quiero, baby", tienen también un pequeño papel en esta novela.

Así que si estos diez puntos os han abierto el apetito, no tenéis más que esperar al 6 de abril, que está a la vuelta de la esquina. "Te odio, pero bésame" estará disponible en papel y digital.  

sábado, 20 de febrero de 2016


Me emociona poder invitaros a mi nueva casa, que es la de siempre, en realidad, pero que estrena nuevo look. Aquí os anunciaré las novedades y podréis encontrar toda la información referente a mis novelas. Os invito a entrar en todas las habitaciones de mi nuevo hogar, a cotillear en todos los cajones y descubrir hasta el último de sus secretillos. Quiero dar las gracias a Mireia, de Winter Studio, que ha sido la artífice de este diseño limpio y elegante. Espero que os guste tanto como me gusta a mí. Este 2016 ha empezado lleno de proyectos y espero ir cumpliéndolos uno a uno. Mi web es uno de ellos, así que: pasad, acomodaos y decidme si os gusta.

sábado, 14 de noviembre de 2015



A todas las víctimas de la barbarie y la sinrazón del terrorismo

No tenía que haberle hecho caso a Nadia. Con ese terrible dolor de cabeza no sabía cómo iba a estudiar al día siguiente, pero su amiga nunca aceptaba un no por respuesta. ¡Cuánto humo, le picaba la garganta! Desde luego, habían bebido demasiado; su cabeza parecía a punto de estallar. Nadia era exagerada para todo y estaba empeñada en celebrar por todo lo alto su nuevo nombramiento como entrenadora del equipo femenino de gimnasia rítmica. ¿Por qué estaba tan quieta? Su madre decía que Nadia en otra vida debía de haber sido un rabo de lagartija, siempre en movimiento. Había veces en que se arrepentía de haber decidido estudiar unas oposiciones tan difíciles y esta era una de ellas; llevaba meses sin salir de casa, bueno, sin contar las tardes que pasaba en la biblioteca municipal. Por eso estaba ahora así, había perdido la costumbre de beber alcohol. Qué poca luz había y qué silencio, a pesar del extraño zumbido que notaba en los oídos. Debía ser muy tarde. Cuando habían llegado al local estaba muy animado. Ya era hora de pagar y marcharse. Qué rara estaba Nadia con sus expresivos ojos verdes tan abiertos, como si se hubiera llevado la sorpresa de su vida. Y sus piernas, ¿qué le pasaba a sus piernas? Si de algo estaba orgullosa su amiga era de aquellas largas piernas, bien tonificadas por años de deporte. Nadia era un bombón. Lo curioso era que fue ella la que había ligado esa noche. Al final iba ser cierto eso que le gustaba tanto repetir a su madre de que «los milagros existen». Sí, aunque llevaba siglos sin pasar por la peluquería y sin ir de compras, en cuanto entraron en el que, según su amiga, era el sitio de moda se les habían acercado dos chicos bastante atractivos. ¿Cómo se llamaban? Thomas. Sí, Thomas y Julian. Pero a ella le había gustado más Julian. Qué coincidencia, tumbado en el suelo había un chico que llevaba una chaqueta idéntica a la de Julian. Se había fijado, porque era una Belstaff muy chula. Llevaba años ahorrando para comprarse una. Le encantaba el look motero.
―¿Señorita, señorita, se encuentra bien?
¿Le hablaba alguien? No, debía ser a otra. Una pena, porque el tipo aquel tenía unos ojos preciosos. Castaños y dulces. Le recordaban un poco a los de Nanuk. ¡Vaya! Había olvidado recordarle a su madre que la sacara a pasear. Seguro que le iba a tocar hacerlo a ella cuando llegara a las tantas. Y, encima, con el frío que hacía. Alguien debía de haber dejado abierta la puerta del local de par en par; alguno que había decidido echarse un pitillito a pesar de que estaba prohibido.
―¡Aquí hay una joven malherida, pero aún respira!
El hombre de los ojos castaños no paraba de dar gritos. Su voz profunda era lo único que traspasaba ese molesto ruido blanco que la envolvía. ¿Qué era lo que había dicho? ¿Qué estaba herida? ¿Ella? ¡Qué tontería! Le diría que estaba equivocado; lo único que tenía era un espantoso dolor de cabeza. Además, si estuviera herida de verdad, no la cogería en sus brazos de cualquier manera, sino que llamaría a una ambulancia y esperaría su llegada procurando no moverla demasiado. En el colegio habían hecho varios cursillos de primeros auxilios y ese dato era de lo poco que recordaba.
―¡Aguanta, pequeña!
Debía ser un sueño. Sí, eso debía ser. Pequeña. Desde que murió su padre nadie la había vuelto a llamar así. Y, desde luego, con veinticuatro recién cumplidos no esperaba que nadie lo hiciera ya. Estaba soñando que un guapazo con uniforme de policía la cogía entre sus fuertes brazos y la llevaba a toda prisa a... ¿la cama más cercana? ¿A una pintoresca ermita dónde se darían el sí quiero? ¿A...? Demasiadas novelas románticas. Su madre tenía razón, como de costumbre. Aunque, para ser sincera, ahora mismo no recordaba cuándo había sido la última vez que había leído algo que no fuera el temario de las oposiciones. A lo mejor estaba viendo una película. Debía ser de polis porque el ruido de la sirena estaba contribuyendo a elevar al cubo su dolor de cabeza.
―¡No te rindas, ojos bonitos!
Qué curioso, para ella «ojos bonitos» era él, que seguía ahí cogiéndola de la mano. ¡Ah, claro! Se había quedado dormida viendo una película y ahora soñaba que era la protagonista. Desde luego, no recordaba haber tenido nunca un sueño tan real; hasta podía sentir el calor de los dedos que apretaban los suyos. Algo de agradecer porque cada vez tenía más frío.
―¡Una, dos, tres!
Muy delicados no eran esos tipos, ¡por Dios! Ahora estaba tumbada en una habitación muy extraña. No había ni rastro de «Ojos bonitos» y justo encima de ella había una especie de foco enorme cuya luz la deslumbraba. Por unos unos segundos sintió miedo; pero casi al instante la invadió una maravillosa sensación de bienestar.
―¡Ha perdido mucha sangre! ¡Se nos va!
Quizá la historia debería acabar aquí, pero, como la que la escribe soy yo y no estoy por la labor, voy a contaros lo que realmente ocurrió después:
Nuestra heroína no lo tuvo fácil. Permaneció muchos meses en el hospital, donde la sometieron a numerosas intervenciones quirúrgicas, y pasó años entre la consulta del fisioterapeuta y la del psicólogo. Pero con la ayuda de su madre, sus amigos, y la del atractivo agente de policía cuya rápida intervención le había salvado la vida la noche del atentado, consiguió salir adelante. Tras aprobar las oposiciones se casó con «Ojos bonitos» o, quizá, ambos estaban demasiado impacientes como para esperar tanto tiempo y, en cuanto ella pudo dar sus primeros pasos con la ayuda de una muleta, contrajeron matrimonio en la pequeña parroquia de su barrio en la que había sido bautizada. Ahora, la pareja tiene dos hijos, niño y niña, y siguen haciendo manitas o intercambiando algún que otro beso apasionado a la menor oportunidad.
Y todo esto fue posible porque un día en el que el dolor era especialmente intenso nuestra heroína se dijo a sí misma:
«Tengo que seguir adelante con mi vida; se lo debo a aquellos que como Nadia o Julian no tuvieron tanta suerte como yo. Porque no me da la gana de que unos malnacidos tengan la última palabra; porque no estoy dispuesta a que el temor gobierne mi existencia; porque no he perdido la esperanza de que, algún día, habitaremos un mundo mejor».




miércoles, 2 de septiembre de 2015


Vaya por delante que, aunque esta es la parte que menos me gusta, procuro documentarme lo mejor posible cuando escribo una novela; sin embargo, es inevitable que en ocasiones una, osea moi, meta la pata hasta la ingle.
Unas veces porque cuando escribimos sobre culturas que no son las nuestras no podemos evitar que asomen ciertos «tics» característicos que, en realidad, no pintan nada ahí; en el caso concreto de Algo más que vecinos, ciertas costumbres más o menos españolas trasladadas a Inglaterra (así, sin anestesia).

"Como santo Tomás, su vecino alargó una mano, rozó con un dedo las pestañas oscuras y, fascinado, comprobó su humedad(...)"
¡¡¡Píiiii, error!!!
Los santos, esos seres más que humanos que forman parte importante de la cultura popular española, no se entienden muy bien en los países protestantes, así que... out!

"Leopold ayudó a Marisa a preparar el pavo de Nochebuena y, en cuanto terminaron de cenar, recibió un caluroso aplauso del resto de los comensales(...)".
¡¡¡Píiiii, error!!!
Los ingleses no celebran la Nochebuena; lo importante es la comida de Navidad y, a pesar de que está cambiando la tradición, suelen preparar ¡GANSO!

¡ATENCIÓN SPOILER!
En un momento dado hay una visita al ginecólogo y yo hablo de una doctora y una enfermera, pero el traductor ha juzgado más adecuado unirlas en un mismo personaje the midwife (la partera), mucho más típico del sistema de salud inglés.

Otras veces el problema viene de no profundizar lo suficiente, mea culpa. Mi protagonista se llama Leopold Gallagher (google/apellidos ingleses/buscar...), pero claro, mi traductor, —muy british él y, por otra parte, una persona encantadora, se encargó de aclararme que «Gallagher» es un apellido corriente de origen irlandés y que, aunque hay ciudadanos ingleses que lo llevan (p.e.: los hermanos Gallagher del grupo Oasis), lo más seguro es que sean descendientes de emigrantes irlandeses, por tanto más bien de clase obrera, por tanto... Abreviando que es gerundio: es muy improbable (por no decir imposible) encontrar una aristocrática familia inglesa con semejante apellido, así que, en la versión in english, mi Leopold se apellida Sinclair.
Con el nombre del mayordomo, Bates, creo que más bien me traicionó el subconsciente; al parecer el mayordomo de Downton Abbey (serie que me chifla) se llama igual, así que ahora mi Bates responde por Saunders.

Lo peor vino cuando, pensando esta vez en el mercado norteamericano, me sugirieron suavizar los rasgos agresivos de mi Leo.

¡¡¿Cómorrrrrr?!!

¡¿Mi gentleman inglés agresivo?!

¡¿Me he perdido algo?!


No, no... me tranquilizaron, no hay violencia manifiesta, pero nosotros, los anglosajones, preferimos evitar cualquier apariencia de agresividad por sutil que sea. (...Vamos que Leopold ya no la agarra, sino que la sujeta y cosas así).


En definitiva, todo el proceso ha sido de lo más interesante y, sobre todo, muy minucioso; pero, eso sí, con lo aficionada que soy a que mis novelas (salvo alguna excepción) transcurran en lugares exóticos que no he tenido la suerte de visitar, y que los protagonistas sean de distintas nacionalidades, me temo que la mayoría estarán llenas de errores de bulto. Solo espero, querid@s lector@s, que tengáis la amabilidad de no tenérmelo demasiado en cuenta. 

Visitas

Formulario de contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Isabel Keats. Con la tecnología de Blogger.