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sábado, 14 de noviembre de 2015



A todas las víctimas de la barbarie y la sinrazón del terrorismo

No tenía que haberle hecho caso a Nadia. Con ese terrible dolor de cabeza no sabía cómo iba a estudiar al día siguiente, pero su amiga nunca aceptaba un no por respuesta. ¡Cuánto humo, le picaba la garganta! Desde luego, habían bebido demasiado; su cabeza parecía a punto de estallar. Nadia era exagerada para todo y estaba empeñada en celebrar por todo lo alto su nuevo nombramiento como entrenadora del equipo femenino de gimnasia rítmica. ¿Por qué estaba tan quieta? Su madre decía que Nadia en otra vida debía de haber sido un rabo de lagartija, siempre en movimiento. Había veces en que se arrepentía de haber decidido estudiar unas oposiciones tan difíciles y esta era una de ellas; llevaba meses sin salir de casa, bueno, sin contar las tardes que pasaba en la biblioteca municipal. Por eso estaba ahora así, había perdido la costumbre de beber alcohol. Qué poca luz había y qué silencio, a pesar del extraño zumbido que notaba en los oídos. Debía ser muy tarde. Cuando habían llegado al local estaba muy animado. Ya era hora de pagar y marcharse. Qué rara estaba Nadia con sus expresivos ojos verdes tan abiertos, como si se hubiera llevado la sorpresa de su vida. Y sus piernas, ¿qué le pasaba a sus piernas? Si de algo estaba orgullosa su amiga era de aquellas largas piernas, bien tonificadas por años de deporte. Nadia era un bombón. Lo curioso era que fue ella la que había ligado esa noche. Al final iba ser cierto eso que le gustaba tanto repetir a su madre de que «los milagros existen». Sí, aunque llevaba siglos sin pasar por la peluquería y sin ir de compras, en cuanto entraron en el que, según su amiga, era el sitio de moda se les habían acercado dos chicos bastante atractivos. ¿Cómo se llamaban? Thomas. Sí, Thomas y Julian. Pero a ella le había gustado más Julian. Qué coincidencia, tumbado en el suelo había un chico que llevaba una chaqueta idéntica a la de Julian. Se había fijado, porque era una Belstaff muy chula. Llevaba años ahorrando para comprarse una. Le encantaba el look motero.
―¿Señorita, señorita, se encuentra bien?
¿Le hablaba alguien? No, debía ser a otra. Una pena, porque el tipo aquel tenía unos ojos preciosos. Castaños y dulces. Le recordaban un poco a los de Nanuk. ¡Vaya! Había olvidado recordarle a su madre que la sacara a pasear. Seguro que le iba a tocar hacerlo a ella cuando llegara a las tantas. Y, encima, con el frío que hacía. Alguien debía de haber dejado abierta la puerta del local de par en par; alguno que había decidido echarse un pitillito a pesar de que estaba prohibido.
―¡Aquí hay una joven malherida, pero aún respira!
El hombre de los ojos castaños no paraba de dar gritos. Su voz profunda era lo único que traspasaba ese molesto ruido blanco que la envolvía. ¿Qué era lo que había dicho? ¿Qué estaba herida? ¿Ella? ¡Qué tontería! Le diría que estaba equivocado; lo único que tenía era un espantoso dolor de cabeza. Además, si estuviera herida de verdad, no la cogería en sus brazos de cualquier manera, sino que llamaría a una ambulancia y esperaría su llegada procurando no moverla demasiado. En el colegio habían hecho varios cursillos de primeros auxilios y ese dato era de lo poco que recordaba.
―¡Aguanta, pequeña!
Debía ser un sueño. Sí, eso debía ser. Pequeña. Desde que murió su padre nadie la había vuelto a llamar así. Y, desde luego, con veinticuatro recién cumplidos no esperaba que nadie lo hiciera ya. Estaba soñando que un guapazo con uniforme de policía la cogía entre sus fuertes brazos y la llevaba a toda prisa a... ¿la cama más cercana? ¿A una pintoresca ermita dónde se darían el sí quiero? ¿A...? Demasiadas novelas románticas. Su madre tenía razón, como de costumbre. Aunque, para ser sincera, ahora mismo no recordaba cuándo había sido la última vez que había leído algo que no fuera el temario de las oposiciones. A lo mejor estaba viendo una película. Debía ser de polis porque el ruido de la sirena estaba contribuyendo a elevar al cubo su dolor de cabeza.
―¡No te rindas, ojos bonitos!
Qué curioso, para ella «ojos bonitos» era él, que seguía ahí cogiéndola de la mano. ¡Ah, claro! Se había quedado dormida viendo una película y ahora soñaba que era la protagonista. Desde luego, no recordaba haber tenido nunca un sueño tan real; hasta podía sentir el calor de los dedos que apretaban los suyos. Algo de agradecer porque cada vez tenía más frío.
―¡Una, dos, tres!
Muy delicados no eran esos tipos, ¡por Dios! Ahora estaba tumbada en una habitación muy extraña. No había ni rastro de «Ojos bonitos» y justo encima de ella había una especie de foco enorme cuya luz la deslumbraba. Por unos unos segundos sintió miedo; pero casi al instante la invadió una maravillosa sensación de bienestar.
―¡Ha perdido mucha sangre! ¡Se nos va!
Quizá la historia debería acabar aquí, pero, como la que la escribe soy yo y no estoy por la labor, voy a contaros lo que realmente ocurrió después:
Nuestra heroína no lo tuvo fácil. Permaneció muchos meses en el hospital, donde la sometieron a numerosas intervenciones quirúrgicas, y pasó años entre la consulta del fisioterapeuta y la del psicólogo. Pero con la ayuda de su madre, sus amigos, y la del atractivo agente de policía cuya rápida intervención le había salvado la vida la noche del atentado, consiguió salir adelante. Tras aprobar las oposiciones se casó con «Ojos bonitos» o, quizá, ambos estaban demasiado impacientes como para esperar tanto tiempo y, en cuanto ella pudo dar sus primeros pasos con la ayuda de una muleta, contrajeron matrimonio en la pequeña parroquia de su barrio en la que había sido bautizada. Ahora, la pareja tiene dos hijos, niño y niña, y siguen haciendo manitas o intercambiando algún que otro beso apasionado a la menor oportunidad.
Y todo esto fue posible porque un día en el que el dolor era especialmente intenso nuestra heroína se dijo a sí misma:
«Tengo que seguir adelante con mi vida; se lo debo a aquellos que como Nadia o Julian no tuvieron tanta suerte como yo. Porque no me da la gana de que unos malnacidos tengan la última palabra; porque no estoy dispuesta a que el temor gobierne mi existencia; porque no he perdido la esperanza de que, algún día, habitaremos un mundo mejor».




22 comentarios:

  1. Precioso relato, a ver si d verdad lo vemos algún día!

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  2. Isabel, precioso homenaje.

    Gracias por compartirlo.

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  3. Que bonito Isabel, se me han saltado hasta las lágrimas, ojalá algún podamos vivir en paz.

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  4. Un relato lleno de sentimiento y un bonito homenaje. Yo también deseo vivir en un mundo mejor.

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    1. Ojalá lo consigamos, Maka, si no para nosotras, para nuestros hijos!

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    1. Gracias, Mari, ojalá le encogiera también el alma (si es que tienen) a alguno de esos bárbaros.

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  6. Excelente relato, aún tenemos mucho por evolucionar, si no nos destruimos primero...

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    1. Ojalá que tengamos más cabeza, Nela! Un abrazo!!

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    1. Gracias, Stephy, por pasarte por aquí!! Un abrazo!

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  8. Es un magistral relato, aunque es lamentable que aún vivamos cosas tan terribles, como la protagonista, yo también creo que algún día tendremos un mundo mejor. ¡Saludos Isabel!

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    1. Ojalá, María, hay cosas que te ponen los pelos de punta, pero yo soy optimista! Un beso!!

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  9. Muy bonito gracias , este relato me dio mucha inspiración.��

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    1. Me alegro un montón, Mary!!! Muchas gracias por pasarte!!

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  10. Gracias por este relato, el mundo aún no ha tomado conciencia de este flagelo mortal, hay un silencio impune acerca del tema, tantos han perecido, tantas ciudades, tantos países... GRACIAS.

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    1. Tienes toda la razón, Anna. Creo que no somos conscientes de a dónde nos lleva esta espiral. Un abrazo!!

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