Mi pequeño homenaje a los héroes del COVID19

Como todas las mañanas Óscar se cuadró como el resto de sus compañeros de la UME y enseguida empezaron a sonar las notas del himno de España, interpretado por la banda de la policía municipal de Madrid. 
Para él ese era el mejor momento del día, no solo porque su corazón se llenaba de orgullo al oír las familiares notas que representaban a todos los españoles, sino porque desde hacía dos semanas, junto a una de las columnas de la entrada del pabellón de IFEMA, siempre en el mismo sitio, a menos de metro y medio de él, un grupito de enfermeras se reunían ahí para escucharlo y, en cuanto terminaba, rompían a aplaudir con entusiasmo.
Pero Óscar solo tenía ojos para una de ellas. No sabía si era guapa o fea o si tenía buen tipo; en su opinión, los pijamas de los sanitarios no eran los atuendos más sexis del mundo. Además, llevaba el pelo recogido en un gorro de color verde del que a duras penas escapaba de vez en cuando un mechón castaño oscuro, y la mascarilla le tapaba la mayor parte de la cara. Sin embargo, todas las mañanas, la mirada de Óscar era irremediablemente atraída por los inmensos ojos azules. Unos ojos expresivos en los que podía adivinar las mismas emociones que vibraban dentro de él: miedo, cansancio, angustia y, aunque tenue, esperanza.
El recuerdo de esos preciosos ojos era lo único que le ayudaba a aguantar el resto de la jornada. Desde que los llamaron para enfrentarse a esa terrible emergencia, el trabajo de su unidad había consistido en acudir a la llamada de hospitales y residencias de ancianos para cargar en furgonetas sin distintivos los cuerpos que abarrotaban las morgues; había que dejar sitio a los que morirían ese mismo día. Pese al tiempo transcurrido, no lograba acostumbrarse; el terrible olor se pegaba a él y no podía arrancarlo por muchas duchas que se diera. Llevaba noches durmiendo muy mal, y cuando se despertaba después de sufrir una pesadilla, lo único que le hacía retomar el sueño era el recuerdo de esos ojos azules y la esperanza de volver a verlos a la mañana siguiente.

***
Los ojos de Sandra recorrieron las filas de militares de la UME que escuchaban en posición de firmes el himno nacional y no tardó en descubrir lo que estaba buscando. Era él. Lo reconocería en cualquier parte pese a la mascarilla que le tapaba el rostro. Sin embargo, no era la figura marcial, de hombros anchos y caderas estrechas, que el uniforme ponía de relieve lo que atraía su mirada. No. Lo que la atraía con la fuerza de un imán eran esos ojos castaños que asomaban por encima de la mascarilla en los que, incluso desde donde estaba, podía adivinar la mezcla de temor y agotamiento que ella misma sentía, sí, pero también una dulzura especial y un toque de esperanza.
Las últimas notas del himno se apagaron y aplaudió con ganas. Ese pequeño respiro, justo antes de enfundarse el EPI, dentro del cual hacía un calor insoportable, y ponerse las gafas protectoras que luego le dejaban marcas que tardaban horas en desaparecer, era lo mejor del día. Un día que seguramente no sería muy distinto del anterior y de los otros que los habían precedido. Muerte, enfermedad, lágrimas, tristeza, pero también compañerismo, compasión, esfuerzo incansable y, de vez en cuando, algún pequeño triunfo cuando salían a despedir a un paciente ya curado. Así día tras día, sin tener el consuelo de regresar a casa con la familia. Su padre acababa de salir de una operación a corazón abierto y, por temor a contagiarlo, Sandra había decidido compartir piso con unas compañeras que no vivían lejos del hospital de campaña. Estaba siendo duro, muy duro, pero al menos tenía el consuelo de ver cada mañana esos ojos castaños que parecían comunicarse con ella sin necesidad de palabras.
***
Plaza Mayor de Madrid, Agosto 2020
El camarero no daba abasto, así que Sandra decidió tomar cartas en el asunto.
—Voy a pedir otra caña en la barra, ¿alguien se apunta?
Al instante se levantaron cuatro manos. Sandra miró sonriente a sus compañeros, con los que había ido a tomar unas tapas a una de las terrazas de la plaza y les dijo en tono amenazador:
—Os recuerdo que esta noche tenemos turno, así que será la última.
Sin hacer caso de sus protestas y silbidos, se acercó a la barra. Parecía mentira, se dijo incapaz de dejar de sonreír, después de lo duros que habían sido los últimos meses, las cosas volvían poco a poco a la normalidad. Cierto que ahora casi todo el mundo iba por la calle con mascarilla; que en los restaurantes las mesas estaban más separadas; y que la gente guardaba un perímetro de seguridad en los transportes públicos. Pero era un pequeño precio a pagar por el placer de volver a ver y oír a los niños jugando en los parques. La vida había vuelto de nuevo a las calles.
—Cinco cañas, por favor.
—Cinco cañas, por favor.
El camarero que estaba detrás de la barra levantó las manos en un cómico gesto de rendición.
Divertida, Sandra se volvió a mirar al chico que estaba a su lado y él hizo lo mismo. Entonces, las sonrisas de ambos se congelaron en sus bocas.
Los ojos azules se clavaron incrédulos en los ojos castaños que tenían idéntica expresión de sorpresa. Se quedaron mirándose, casi sin pestañear, hasta que el camarero rompió el hechizo.
—Sus cinco cañas, señorita. Ahora voy con usted, caballero.
—Eres más guapa aún de lo que había imaginado. —Al oír aquel susurro ronco, a Sandra se le puso la carne de gallina.
—Tú también —dijo en voz baja sin dejar de mirarlo.
—Un día ya no volviste. —En la voz grave resonaba algo parecido al dolor.
Sandra lo entendió a la primera.
—Me contagié yo también y tuve que guardar cuarentena.
—He soñado con tus ojos desde la primera vez que te vi.
—A mí los tuyos me ayudaron a conservar la cordura.
Se sonrieron.
—El sábado es mi día libre —dijo él.
—Qué casualidad, el mío también —No era cierto, pero ya se encargaría ella de que su amiga Rita le cambiara el turno, aunque tuviera que sobornarla con la promesa de acompañarla a una de esas soporíferas citas a ciegas a las que era tan aficionada.
—Entonces, el sábado a las once te espero aquí mismo.
—¿No crees que deberíamos intercambiarnos nuestros móviles por si surge algún contratiempo?
Pero él, sin dejar de sonreír de esa manera que hacía que se le acelerara el corazón, movió la cabeza en una negativa.
—No es necesario. ¿Aún no te has dado cuenta?
—¿De qué? —Deslumbrada aún por esa blanca sonrisa, Sandra negó a su vez con la cabeza.
—De que tú y yo estamos destinados a acabar juntos.
Una vez más, los iris azules y los iris castaños se comunicaron sin necesidad de palabras.
Los gritos de sus compañeros y de los amigos de él, impacientes por su tardanza en volver con las bebidas, los arrancaron de golpe de aquel embrujo.
Sin dejar de reír, cogieron las cañas como pudieron y se dirigieron a sus respectivas mesas.
—¡El sábado a las once!
—¡Aquí estaré!
Y aunque ni siquiera le había dicho su nombre, Sandra supo que estaba en lo cierto: aquel atractivo militar y ella estaban destinados a acabar juntos.

52 comentarios

  1. Novela!!!, novela!!!
    Abrazo desde Guadalajara, México. Estoy feliz porque por fin hoy me llega "MIL TEQUIEROS"
    ÁNIMO, esta cuarentena une familias y es más llevadera leyendo a Isabel Keats. Mil gracias por tus bellas historias.

  2. Qúe bonito relato. Me encantaría que sucediese en la vida real. Qué cierto además, ya que en los meses venideros nos miraremos tod@s más a los ojos y dejaremos a lo mejor de lado las pantallas… ojala ocurriese de verdad!

  3. Me he quedado con ganas de más!!!.
    Siempre hay sitio para la esperanza, y no olvidemos que esta situación es una enseñanza de vida, dentro de todo el dolor hay tantas cosas bonitas que estan pasando … y sirve para recordarnos que estamos rodeados de gente maravillosa.
    Gracias.

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52 comentarios

  1. Novela!!!, novela!!!
    Abrazo desde Guadalajara, México. Estoy feliz porque por fin hoy me llega "MIL TEQUIEROS"
    ÁNIMO, esta cuarentena une familias y es más llevadera leyendo a Isabel Keats. Mil gracias por tus bellas historias.

  2. Qúe bonito relato. Me encantaría que sucediese en la vida real. Qué cierto además, ya que en los meses venideros nos miraremos tod@s más a los ojos y dejaremos a lo mejor de lado las pantallas… ojala ocurriese de verdad!

  3. Me he quedado con ganas de más!!!.
    Siempre hay sitio para la esperanza, y no olvidemos que esta situación es una enseñanza de vida, dentro de todo el dolor hay tantas cosas bonitas que estan pasando … y sirve para recordarnos que estamos rodeados de gente maravillosa.
    Gracias.

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